La guerra es la gran definidora. Coloca a un personaje en medio de una guerra y será quien es. El peor de los escenarios cumple su cometido desenmascarador. Aquél que en tiempo de paz acaricia la cabeza de un niño y respeta las normas de convivencia se convierte, catalizado por el horror, en un asesino o en un salvador. La heroicidad y la barbarie conviven en nosotros, y la historia nos revela, con una turbadora sensacion de aleatoriedad, que no hay rasgos distintivos que nos permitan conocer de antemano si seremos una cosa u otra. Seremos lo que nuestro recóndito paraíso o infierno requiera, rehuiremos la mediocridad que la comodidad nos confiere. Seremos paisajes complejos de horror o de excelsa generosidad. Podremos darnos por contentos si logramos que el extremo de nuestra naturaleza, sea ésta cual sea, no prevalezca. Si logramos ser, al menos, impasibles cuando la vida viene a cobrarnos su cuota de tragedia. A fin de cuentas, en eso y no en otra cosa consiste ser civilizados.
Littel lo sabe. Ha vivido durante años a pie de calle, conviviendo con psicópatas manchados por crímenes de guerra y conoce la sutil mediocridad que la paz instala en un asesino, esa máscara de perturbadora grisura. Comprende que no somos lo que decimos, ni lo que demostramos en momentos calmos, sino aquéllo que no podemos evitar ser cuando las circunstancias nos arrastran. Al situar a un culto y refinado ser humano en el peor de los escenarios posibles, allí donde sus límites éticos son puestos a prueba y aniquilados, trata de establecer la discusión: ¿Sabemos quienes somos? ¿Sabemos quienes son aquéllos que nos rodean?
Maximilien Aue no es un psicópata: conserva el rastro de un tenue hilo de conciencia que se le aparece con sistemática regularidad en forma de náusea. La náusea es la somatización de un rechazo moral o intelectual. Antes de Ucrania y, sobre todo, de Stalingrado, Aue es una persona que alberga secretos pero que admira, ama a su manera fría y pequeña, comprende dónde radica el límite entre bondad y maldad. Es frío pero aspira a una cierta justicia. Oculta su homosexualidad dentro de la gran hipocresía de la moral nazi, pero posee el bagaje intelectual para construir alrededor de las teorías nazis un rastro de explicación coherente. No es tan estúpido como para no comprender la final banalidad de toda teoría que trate de explicar al mundo y aprecia a un puñado de personas pese a su lucha por anestesiar todo sentimiento.
Luego la guerra viene y lo derriba. La guerra, pese a ello, no es la culpable, sino la reveladora. No sólo transforma, sino que desenmascara. Otros en su lugar resisten su embate y no se dejan embrutecer. La novela de Littel no juzga, no se adhiere, sólo testimonia la nada cuando el ser humano se deja llevar a la nada. No postula una teoría moral, ni siquiera se regodea en los hechos macabros, sino que elabora una descripción que espera ser interpretada con total anestesia.
Los nazis de la novela no son en su mayoría amantes de la violencia y el sadismo, sólo poseedores de unas ideas que han racionalizado hasta elevarlas a la categoría de verdad, y en ello radica lo aterrador: alejados todos de la emoción, de lo sublime, de lo patético, se transforman en mutantes deterministas que hacen lo que deben hacer sin regodeo pero con total “destino”. No les gusta matar pero lo hacen. No son asesinos en serie que eyaculan con cada tiro que descerrajan en la cabeza de un niño judío, sino seres alienados por su propia inteligencia, hordas de intelectuales que perpetran el horror porque están convencidos de que así debe hacerse, de que su “pathos” se lo reclama. Forjadores de la Nada. Maestros de la repulsa a todo lo que la humanidad se ha dado de bueno.
Por todo ello, al conseguir expresar con tanta eficacia el desdén por lo que nos hace humanos, Littel ha escrito la obra más desoladora que he leído nunca. Creo que es una obra maestra. Produce una sensación de honrada verdad eléctrica. Nos deshiela, nos hace aborrecer aún más la basura que el mundo contemporáneo publica. Nos hace constatar que tú y yo nunca sabremos del todo quiénes somos.
March 11th, 2008
El verdadero horror es banal. Todo aquel que trata de hacer demasiado explícito un hecho espantoso, de rodear con demasiados adjetivos el relato de un espanto, pasa a resultar, con razón, sospechoso, porque todo aquel que haya vivido el horror entiende que debe rebajar -y no aumentar- la cadencia e intensidad de su relato, si su pretensión es ceñirlo a lo humanamente comprensible.
Por eso Imre Kertesz, de manera desveladoramente similar a Primo Levi , describe con aparente frialdad el descenso hacia el sufrimiento y el vacío total. Nos transmite con cadencia despreocupada la ignorancia inocente de un adolescente judío húngaro que no entiende nada, incluso cuando la evidencia del horror se cierne sobre él.
Estoy seguro de que el Imre Kertesz que vivió la experiencia real lo hizo con mucha menor ingenuidad y, por ello, con mucho mayor sufrimiento; pero el Imre Kertesz escritor tal vez sí haya comprendido la efectividad de mostrar con aparente impasibilidad el deterioro no sólo físico y psicológico, sino moral; el descenso al infierno no sólo del cuerpo y la mente, sino de la ética y las convicciones.
Todo aquél que ha pasado por un campo de concentración muestra tres tendencias: aversión a contarle a nadie su experiencia; a la vez, y a la larga, necesidad de reflejar en su justa medida el horror padecido; y, por fin, una inmensa sensación de impotencia, de no poseer el vocabulario ni la técnica suficiente para acercarse a la sima y relatarla.
Kertesz se ha quedado, como tantos otros supervivientes del holocausto, suspendido en dicha sima, incapaz de arrojarse definitivamente a ella (como sí hizo Primo Levi), ni tampoco de alejarse; suspendido para siempre en el intento de comprender y asimilar el horror, ferozmente consciente de ser incapaz de conseguirlo.
October 8th, 2007
Una mañana desperté sobre mi espalda, la mirada fija en el techo amarronado, convertido en otro lector de la Metamorfosis. Otra K. que añadir a mis lecturas, y Kafka presidiendo el triunvirato de los mejores, junto con Borges y Nabokov.
Lo leí con veintipocos, tras haberlo rondado durante años y haber asistido remolón a sus tapas blandas, presididas por el dibujo de un repugnante escarabajo. Recuerdo haberme resistido a su lectura, atenazado por mis prejuicios, hasta que un día abrí el libro y no tardé más que una frase en quedar atrapado por la angustia tragicómica del absurdo kafkiano: La tuberculosis del estilo, el espíritu centroeuropeo del humor ridículo, la enfermedad lúcida de la inteligencia surreal, la marcha forzada hacia un destino que congela la risa alienada en el rostro: eso es el siglo XX, y Kafka es su testaferro.
Los genios se reconocen entre la mediocridad oscura. Borges comprendió que Kafka había partido en dos la historia de la literatura, y había llegado a tiempo de devenir ‘Kafkianos’ hasta a sus antecesores (Hawthorne, Melville), todos ellos anglosajones, por supuesto, como el propio Borges, Inglés de Buenos Aires.
La metamorfosis es un chiste contado por la muerte.
October 8th, 2007
¿A quien puede gustarle Houllebecq? ¿Tal vez a quienes han sufrido el desamor? ¿A quienes intuyen que el mundo se precipita hacia una ausencia total de utilidad de la inteligencia? ¿A quien sospecha que la alienación del sexo es la última frontera por la cual podremos ser manipulados?
Me levanto, cojo el metro, huelo a cinco personas que se apretujan contra mí, soy olido por otras tantas mientras comprendo que el progreso no es lo mismo que la evolución tecnológica, soy asaltado por veinte anuncios diarios en los cuales seres mitológicos de físicos imposibles me devuelven una imagen distorsionada de la humanidad… cada día veo mi campo de batalla ampliado en nuevos límites imposibles que me hacen darme cuenta de que no sólo todo carece de sentido, sino que van a cobrarme por ello.
Tras una telenovela, una Salsa Rosa con seres repugnantes insultándose a cambio de dinero, un nuevo best seller dedicado a dármelas con queso y recaudarme neuronas, comprendo a Houllebecq -soy Houellebecq- y me digo: A pesar de su frialdad y su aprente cinismo no hace sino decir con precisión y sobriedad lo que muchos intuimos. Y en este libro describe el amor, sí, el amor, y lo hace con humanidad, ternura, delicadeza, resaltando la presencia de una mujer que encarna una bondad casi imposible, la tabla de salvación frente a un mundo habitado por animales.
¿Machista? La señorita que ha criticado este libro en linkara.com empleando una sorprendente economía de letras (’que’ se escribe con una q, una u y una e), se merece creerlo machista. Ojalá su vida siga siendo tan feliz como para no comprender la desesperación que destila, la sobriedad deslumbrante con que la certifica.
October 8th, 2007
Lo-li-ta. Sí, es verdad, la lengua emprende un recorrido juguetón por dentro de la boca y toquetea la cara oculta de los dientes con fruición. Y sin embargo Nabokov miente, miente, miente, pero lo hace tan bien, consigue abarrotar de tantas palabras con sentido sus frases largas y duraderas sin caer en el barroquismo estéril, que llegamos a odiar el minimalismo, por mucho que nos guste. Consigue convencernos de que son necesarios tantos fuegos artificiales, tantas alusiones y riqueza verbal para comprender la esencia de su literatura, porque en Nabokov, la forma ES la esencia.
Lolita perdura en la memoria como esa chiquilla que creemos haber conocido en algún momento de nuestra vida, cuando tratábamos de jugar a la pelota y, a la vez, comenzábamos a no saber qué hacer con eso que nos atenazaba la ingle al contemplarla y constatar que su mirada no era la de una niña ni la de una mujer, sino la de una monstruosidad entre dos aguas, un vislumbre nínfulo y bífido.
Dentro de unos años se abrirán los archivos que Nabokov depositó en un arcón, y estoy seguro de que, al abrirlos, leeremos algo como esto: “¿Os creíais que iba a confesar alguna turbia identificación con H.H? ¿Acaso pensabais que la delegación vienesa estaría por fin invitada a mi decapitación? H.H no soy yo, para que conste.”
Creo que ésa será la broma final de uno de los mayores bromistas de la literatura.
October 8th, 2007
Después de muchas películas llenas de experimentaciones, todas ellas respetables, a veces acertadas y a veces molestas, Cronenberg parece haber redescubierto las bondades de una manera “clásica” de rodar. Alejado esta vez de las fantasías en el guión y la puesta en escena, consigue realizar una soberbia película en la cual vuelve a ponerse de manifiesto la importancia de un guión excelente, de una puesta en escena adecuada a la trama, de unos actores magníficos.
Todo encaja con sobriedad y sencillez en una historia en la que los matices y los diálogos sutiles revelan con elíptica elegancia lo que otras, en tres horas de mucha aparatosidad no consiguen ni arañar. En apenas hora y media la maldad, la bondad, la hipocresía, la traición, las relaciones paterno-filiales, la envidia y el amor se condensan con implícita precisión. Las historia de gangsteres sirven de maravilla como epítomes de la vida misma, a escala mucho más dramática de la que a la mayoría nos ha tocado vivir, aumentando las emociones genéricas para poder explicarlas con mayor intensidad: En una historia poblada por policías y criminales es donde se condensan todos los avatares de la vida, y en donde se reproduce, de manera más descarnada y directa, la lucha entre el bien y el mal, el tema ético por excelencia de la literatura, del arte, de la vida. El empleo de Lo Ruso en la historia me parece un simple pretexto, una excusa que se explica por lo explícito y brutal de los métodos de esa Mafia, por su estéticamente atractivo mundo de reglas tatuadas y secretismo. Por ser un mundo de criminales que, irónicamente, deben someterse a unas reglas sin las cuales no parecen poder definirse.
Armin Mueller está glorioso como el psicópata y encantador capo cuyo interior es un cenagal de odio y violencia. Viggo Mortensen demuestra cómo atenazar una emoción con tres músculos, cómo tensar un estado de ánimo con sugerencias, sin espasmos. Naomi Watts cumple sin problemas con un papel no excesivamente complicado para su gran talento, y Vincent Cassel consigue, de forma inesperada, sacar adelante un papel muy complicado: la de un niñato malcriado por un sangriento Rey Shakespeareano que no ha depositado en él cariño sino esperanzas de perpetuación, y lo ha convertido en alguien cruel sin convicción, arbitrario por necesidad, inmoral sin dotes para ello. La escena en que solloza a los pies del agua, mientras pide perdon al bebé que le han encargado que mate, revela la profundidad de un ser que se ve atrapado entre sus instintos éticos y la necesidad del mundo brutal en que ha nacido. En realidad, es éste el personaje más interesante de toda la trama, la típica pieza secundaria que, de haber faltado, haría desequilibrar todo el entramado de la historia, y que se revela catalizadora de todos los demás. Vincent Cassel, desde luego, ha salido airoso de la prueba.
Las películas, mucho más que los libros, deben visitarse periódicamente. La visión en un cine nos asalta y nos priva de la objetividad necesaria para asimilar en su justa medida todo lo que han postrado ante nosotros. Ayer esta película me gustó mucho, y espero que siga haciéndolo con el paso del tiempo, y que este temeroso ocho con que la puntúo se certifique o incluso crezca. Su final me pareció sombría y ambiguamente adecuado a la definición del resto de la película, a la definición del resto del cine de Cronenberg. Uno de estos cineastas que siguen cayéndote bien incluso aunque algunas de sus películas te repateen (No puedo con “Crash”, por mucho que proceda del relato de un escritor tan angustioso y original como Ballard).
La violencia, esa recurrente violencia de Cronenberg, personaje que lo infecta todo en sus historias, es en realidad una explosión de sinceridad, uno de los pocos momentos en que el hombre aparta por completo la hipocresía y actúa sin mentir. Por eso la escena de la sauna, con Viggo Mortensen desnudo, luchando por su vida, todo puños y tinta de tatuajes es tan bella: es cruda, brutal y sucede. Podemos estar seguros de que sucede con natural regularidad en este mundo nuestro poblado, mandado, por capos.
October 8th, 2007
Piensas en Eisenstein y te dan ganas de levantarte y decir “Sí, señor”. En Kubrick y querrías estar bien peinado, por si le da por aparecer y te cachea el cerebro. Pero piensas en Woody y lo haces tuteándolo, porque Woody es de los nuestros. Sí, ya sabes, de la mayoría: los que alguna vez hemos carraspeado ante una chica y aleteado con los párpados como gorrioncillos asustados, los que hemos depositado litros de adolescente sudor ante alguien que miraba a otro muchacho por encima de nuestro hombro…
Es de los nuestros porque todos hemos perdido. No importa que no seamos bajos ni feos, pero en algún momento, todos, hemos perdido, así que somos fieles adeptos a su religión atea e irónica.
Antes de Annie Hall, woody era una fábrica de chistes. Intelectuales, pero chistes. Con Annie Hall consigue la redondez de una comedia, que es mucho más difícil de redondear que una película dramática, y planta frases apoteósicas:
Cuando Annie le llama para que vaya a su casa a matar un bicho que se ha instalado en la bañera, él aparece armado con una raqueta y la emprende a golpes. Sale y se la encuentra llorando:
-¿Que te pasa?, ¿Por qué lloras?, ¿Por la cucaracha?, ¿Qué querías, que la capturara y la rehabilitara?
En una fiesta de Hollywood, su amigo, un productor podrido de dinero le presenta a una joven.
-¿Y tú quien eres? - le pregunta.
-¿Yo? - dice woody - Soy su probador de venenos.
Flashbacks constantes, un baile de ex-esposas y de acontecimientos que se cruzan en el tiempo. Separaciones y reconciliaciones, neurosis, psiquiatras y pedantes seudointelectuales calados, retratados y ridiculizados, neoyorkinos demasiado conscientes de su inteligencia e imposibilitados para aplicarla a sus emociones, fobias e hipocondrias, Dios, el sexo y la muerte.
Lo de siempre, pero contado como nunca.
Tu sí que sabes, Woody…
October 8th, 2007
Incluso antes de ver la película estaba seguro de adivinar los titulares que los críticos sesudos le dedicarían: “Abigarrado y fallido ejemplo de cine comercial hollywoodiense que subvierte las claves del peplum hasta convertirlo en un aparatoso…” y bla, bla, bla. Verborrea de pedantes.
Pero lo cierto es que 300 recrea un cómic de Frank Miller que es, por definición, grotesco, exagerado, sangriento y barroco. Y en esa recreación se emplea la técnica exquisita que compra el dinero de Hollywood, y se logra una ambientación perfecta, una puesta en escena oscura y adecuada al tono de la película, una fotografía excelente y unos efectos especiales que dan lo que uno, salvo que sea un ingenuo, espera recibir al pagar la entrada: espectáculo. Entretenimiento del bueno.
Desde luego yo no me sentí engañado. No esperaba salir del cine convencido de haber descifrado el insondable y profundo drama del alma humana, sino pasar un buen rato asistiendo a lo que la vida no me ofrece: semidioses de perfecta musculatura enzarzados en luchas épicas y maniqueas, planos esteticistas pero muy bien ensamblados, peleas con monstruos mitológicos, malos malisimos y héroes , caricaturas divertidas y mucha sangre. Y vaya, eso fue lo que me ofreció la película. Ni más ni menos.
Los actores, mejores de lo esperado, y la sensación de haber empleado el dinero en un entretenimiento honesto, en vez de un dramón con ínfulas de grandeza, que pretende ser “El Apartamento” cuando no alcanza a la categoría de chabola.
Volveré a verla en DVD en cuanto salga, una de esas noches en las que apetece quedarse en casa con tu pareja, tomarse una pizza y una coca-cola, dejar de pensar y disfrutar de eso tan estupendo llamado cine.
October 8th, 2007
Antes de verla en DVD leí las críticas: Por todas partes aparecía el adjetivo de moda: ‘fallida’. La palabra con la que los críticos modernos se empeñan en demostrar lo poco que leen. Uno lee una crítica y, en cascada, el resto de críticos parecen pertenecer al mismo club, todos atenazados por una unanimidad que me parece, a todas luces, incomprensible.
Desde luego que no es Ciudadano Kane, pero, con sus constantes referencias a un cine de otros tiempos (no sólo por el uso del blanco y negro, sino por una manera ‘clásica’ de encuadrar, de montar, de mover la cámara, de planificar la puesta en escena, de fotografiar e iluminar), Soderbergh demuestra que, al menos, no le falta profesionalidad ni voluntad para hacer algo difícil y a contrapelo. Sólo por ello ya tiene mi respeto, pero también por rodearse de guionistas inteligentes (él mismo ES un guinista inteligente), de actores como mínimo solventes y por tratar de adquirir una sutileza que, sólo por el intento, resulta de agradecer.
Los personajes son seres manipulados por la guerra, esa gran definidora, que consigue dar a luz las sombras internas y despojar de dignidad los actos de casi todos. En eso, y en el uso de las cloacas como unas catacumbas de la decencia, se asemeja al ‘Tercer Hombre’.
Y, cómo no, es una película entretenida -qué gran alabanza, en un mundo en que los plomizos pestiños iraníes hacen levitar de felicidad a los pedantes-, que se deja ver con facilidad, y que resulta honrada. Con esa honradez que, cuando quiere, tiene el cine estadounidense, que parece haber encontrado el cine alemán contemporáneo, que los franceses e italianos han perdido, y que muchos cineastas españoles desprecian, porque su endogamia parece haberlos elevado a una torre de marfil patética e incomprensible.
Cate Blanchett, como casi siempre, excelente. George Clooney eficiente. Tobey McGuire resultando creíble como chulo arribista atolondrado. Y Berlín, fielmente representado como el epítome de Europa y, casi, de la humanidad.
October 8th, 2007
Richard Winters fue el tercer comandante de la compañía Easy. Una compañía perteneciente a la 101 División de Infantería Aerotransportada del ejército de los EEUU, y que protagonizó algunos de los hechos más relevantes del final de la Segunda Guerra Mundial. Desde el desembarco de Normandía el día D, hasta la captura del nido del águila de Hitler, en Berchtesgaden. Una producción de esa cadena maravillosa llamada HBO, “Hermanos de sangre”, plasmó en varios capítulos la historia de la compañía. La serie, la más cara de la historia, es un reflejo casi siempre ajustado de lo que supone ser un soldado de elite en la única guerra en donde no ha habido lugar para dudar sobre quiénes eran “los buenos”.
Tras visionar la serie, leer el libro de Stephen Ambrose en que se basa y bucear en internet, uno acaba por definir una imagen mucho más mitológica que humana del Mayor Winters, aun sabiendola real. Existen hombres así, al parecer. A pesar del cinismo que hasta el aire contemporáneo transmite, a pesar de la gris miseria ética en que parecen nadar la mayoría de los seres humanos que aún transitamos este siglo XXI cargado de esperanzas ominosas; a pesar de que el hombre ya no es más que la víctima de una mutación cruel que aún llamamos inteligencia. A pesar de todo eso, parecen existir seres humanos que cargan sobre sus hombros la totalidad del sentido de los conceptos coherencia, bondad, entrega y responsabilidad.
El resumen de la personalidad del mayor Winters es: Un hombre introvertido, tímido, abstemio, apacible, sensible, cariñoso con sus hombres, alejado del cliché del macho de las películas americanas de la época, incapaz de un gesto teatral o sobredimensionado, coherente hasta la incredulidad, autoexigente consigo mismo y tolerante con los demás, amistoso, bondadoso en toda la extensión de la palabra. De una competencia sobrehumana, capaz de tomar decisiones trascendentales en décimas de segundo y que todas ellas decidieran positivamente la vida de sus hombres. Agresivo tan sólo en combate, de una valentía que nunca resulta arrogante, de una sensatez que sólo los patanes calificarían de aburrida, lleno de algo que sólo puedo calificar como Profundo, o de algo que es lo opuesto a lo Superficial, poseedor de una inteligencia reflexiva propia de un filósofo, lleno de una espiritualidad que resulta reveladora y respetable para un ateo como yo.
Los héroes ya no existen, o jamás tendrán la oportunidad de serlo. Los tiempos que vivimos ya no permiten que sepamos de qué pasta estamos hechos nosotros o quienes nos rodean. La masa gris de acontecimientos mediocres que protagonizamos nos asfixia. Casi nadie tendrá ocasión de conocer de primera mano si quien le palmea la espalda y define el adjetivo “MAJO” es alguien realmente de fiar. Si quien sonríe con toda la boca, cuenta esos chistes tan efectivos y asegura que es una buena persona sabrá estar a la altura de las circunstancias cuando los hechos lo requieran.
La guerra. Junto con el poder, la definidora por excelencia. Coloca a unos personajes en guerra y sabrás quiénes son. Dales poder y sabrás cómo se comportan. Los dos extremos de la escala humana definirán con pericia a quienes en la época gris eran indefinidos. La guerra, para sacar a relucir las miserias que aporta el dolor y la muerte. El poder, para saber hasta dónde son capaces de llegar sin despertar a su conciencia.
Ernst Junger, ya casi un centenario anciano de pelo blanco, seguía añorando la guerra como total desenmascaradora. Aun repudiando su sinsentido y horror, la guerra le había permitido dimensionarse. Casi todos los guerreros repudian la guerra, pero agradecen el dolor que les ha dado la perspectiva última y total. Todos odian el dolor, pero lo recuerdan con cariño.
Los que no hemos afrontado jamás sucesos tan terribles arrastraremos tal vez, durante toda la vida, la duda, tan típicamente adolescente: ¿De qué pasta estoy hecho? De vez en cuando, episodios dramáticos e incluso trágicos nos pondrán a prueba y asistiremos a un atisbo de nuestros límites. De vez en cuando el dolor y las pruebas duras nos harán sentir un rastro de orgullo. Seremos conscientes de que podemos aguantar y superar con entereza más de lo que nos creíamos capaces, de que nuestra generosidad tal vez esté por encima de la media. Y aun así, jamás alcanzaremos a poseer una visión total de dichos límites, y la posibilidad de resultar cobardes, egoístas y autocompasivos flotará en el aire, como una sospecha incapaz de ser demostrada. Con los actos superados comprobaremos la distancia entre nuestro actos y nuestras palabras y sabremos si somos o no coherentes, pero nada más. La guerra nos revela como Mengueles o como Winters. O como un continuo asombroso y aterrador entre ambos hombres. Por el camino, sólo la mediocridad de la vida nos permitirá conocer vagamente quién sería uno u otro, quiénes seríamos nosotros mismos.
Hablar de heroísmo ya no se estila. Somos demasiado refinados y complejos como para comprender siquiera el concepto de heroicidad. Los tiempos en que la Segunda Guerra Mundial daba una dimensión en blanco y negro a las razones para arriesgar la vida han pasado a la historia, y afrontar cualquier tarea con inocencia es tan imposible como absurdo. El cinismo ha convertido la bondad en estupidez, y cualquier derroche ético se interpreta como risible ausencia de cosmopolitismo. Hablar de heroísmo suena ya demasiado castrense, demasiado “de derechas” para los progresistas oídos de los modernos. La preocupación por las apariencias y el qué dirán, algo que durante la etapa franquista era pertenencia exclusiva de los fascistas y los burgueses reaccionarios, o sea, de los franquistas, ha pasado a pertenecer en nuestros días a los nietos de los antifranquistas. Devaluados los sentimientos profundos de sus abuelos mediante gafas de pasta, másteres y camisetas con “mensaje”, los progres se adueñan del material bienpensante y lo convierten en soflama y pancarta. Prefieren exhibir un pensamiento ajeno antes que pergeñar con sudor uno propio y descubrir incoherencias: las suyas, las del mundo que creen habitar y dicen aborrecer por su injusticia.
Al igual que hace treinta años las hipócritas de misa dominical se indignaban ante la visión de dos novios dandose un sucinto beso en los labios, los guays de hoy que pretenden parecer de izquierdas sin serlo en absoluto se rebelan contra todo pensamiento que pueda parecer conservador. No detestan en público a Otegi porque significaría identificarse en algo con el PP. No utilizan el término España, porque otros anteriores a ellos e igual de estúpidos han pervertido esta palabra hasta transformarla en una definición de ideología. Secundan cualquier acción de un país remoto que no conocen porque eso les hará más atractivos a ojos del grupo al que necesitan pertenecer. La misma masa de siempre pero con otros “foulards”.
Por encima de disparates hormonales, de adolescencias del pensamiento, algún héroe intelectual (ya no tienen cabida héroes de otra clase, o tal vez todos, en el fondo, hayan sido de esa clase) se cuela entre este grupo de farsantes en que se ha convertido la sociedad contemporánea. Fernando Savater habla y despelleja con cada frase el vacío perfecto de un terrorista. Sentencia con tanta rotundidad como humor que un conflicto inexistente y, por tanto, irracional, no puede solucionarse con la razón, y precisamente por ello sólo la razón es el arma que debemos emplear para desactivar discursos circulares apoderados por entelequias y sofismas. Que las leyes democráticas establecidas y nuestra creencia en ellas son las únicas garantías frente a cualquier argumento lleno de inconsistencia intelectual y odio disfrazado de motivo coherente. Que descender a dialogar con quien ha llegado a sus conclusiones a partir de premisas falsas es validar dichas premisas.Y sólo por eso los nazis le amenazan con gasearlo… por nazi. El conflicto vasco sería un campo de cultivo para la sátira más brutal y la risa desencajada si no hubiese muertos por el medio. Los sofismas brotan en proporción directa a la sangre vertida, y un individuo que alberga una boina por cerebro habla de democracia y fascismo en la región con mayor autonomía de Europa. Suele haber vivido con papá y mamá hasta los cincuenta, recibe un sueldo de su banda y lee tan sólo el pasquín parroquial con la soflama del mes. Necesita sentirse parte de su grupo de Guerreros y, por ello, levanta la cabeza cuando es detenido y muestra la sonrisa del que sabe que, con ese gesto, podrá tirarse a esa abertzale tan guapa a la que tiene ganas desde hace tanto tiempo, pero que pronto descubrirá el poder modificador de las conductas que posee una Visa Oro.
Los perros de Pavlov de esa izquierda abertzale que mata a los nazis con metodología nazi se enroscan en su propia maraña de falacias protegidos de todo mal, al igual que cualquier otra secta se autoexplica mediante una esfera de ideas a medio hacer, perfecta, inasible, inatacable. Comparten con el psicoanálisis freudiano el que han construido una aparente muralla de ideas tras la cual se protegen y que, por ser falsa, resulta indestructible; una entelequia plomiza, virtual e inexpugnable.
Comparados a la época en que la razón se inclinaba con claridad de un solo lado, contra Hitler, y la necesidad de pelear no resultaba sospechosa, estos guerreros de peluche son patéticas máscaras de muerte, adolescencia cerebral y circular irracionalidad. Su inhumanidad contrasta con la necesidad que impregna las acciones de un héroe, que actúa en contra de sus instintos y aun de sus valores, porque comprende que debe hacerlo para sentirse humano. Los héroes de verdad pertenecen al terreno de la tragedia; su destino conspira contra ellos, y lo saben. Mientras, los gudaris pertenecen a la sátira sangrienta, al opúsculo y el panfleto, protegidos por la masa que aún no se atreve a meter en la misma jaula a Hitler y a Stalin, acomodados en su propia burguesía que se cree combatiente y sólo es autocomplaciente, reaccionarios ante cualquier progreso o alteración de su statu quo intelectual (por emplear una palabra).
Cada vez que leo algún nuevo artículo que habla de Richard Winters alcanzo a ver el límite superior de la humanidad, y no tengo rubor en admitir mi admiración ante la heroicidad necesaria en momentos en que alguien tiene que dar la cara. Comparo a ese guerrero (que detesta las armas y no es capaz de dispararle a un pájaro, que aún conserva la hoy impensable mojigatería de no soltar tacos), con la cloaca que nos rodea, y siento ganas de vomitar.
February 5th, 2007
Previous Posts